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EL JUICIO BUFO Por: Eduardo Subirats EDUARDO SUBIRATS es autor de una serie de ensayos sobre teoría de la cultura, crítica del colonialismo, estética de las vanguardias y filosofía moderna. Entre otros: Da vanguarda ao pós-moderno (Sâo Paulo, 1984); Los malos días pasarán (Caracas, 1992); El continente vacío (México, 1995), Linterna Mágica (Madrid, 1997), Culturas virtuales (México, 2001), Una última visión del Paraíso (São Paulo, 2001; México 2004), y Memoria y exilio (Madrid 2003). Su último título: Violencia y Civilización Madrid, 2005). Subirats ha sido profesor de filosofía, estética, arquitectura, literatura y teoría de la cultura en las universidades de São Paulo, Caracas, Madrid, México y Princeton; actualmente lo es en New York University. EL JUICIO BUFO De la demolición posthumanista del canon literarioluso-hispano, seguido de otras calamidades Eduardo Subirats — ¡Nos has insultado! You are a bully! You threatened us with your slanderous remarks! ¡Haces críticas ad hominem! What you say is nonsense! ¡Violento! You should by no means have sent this letter to the students!... Durante unos segundos me deje bambolear por sus miradas excitadas y la pasión que encendía sus palabras. Me admiraba de la vehemencia de sus airados gestos, — ¡Tu carta es humillante! You have damaged the department! ¡Has dividido el departamento! Despicable! ¡Agresivo! You attacked us personally!... La efusión y el calor de sus comentarios indicaban sin lugar a dudas una ocasión especial. El pequeño concilio, por llamarlo de algún modo, había sido convocado formalmente como un maratón intelectual en el que iban a debatirse la estrategia departamental, sus objetivos logísticos y sus planes de batalla. El chair había abierto la sesión de pie, algo inusual en esta clase de performances. Hablaba con el tono de voz sentencioso y engolado de quien preside un tribunal eclesiástico contra los crímenes de un relapso. La emoción contenida de sus palabras anunciaba algo tenebroso. Tras un par de frases protocolarias, dulzonas y vacías, sobre los fines e instrumentos departamentales, apuntó la causa y el cuerpo del delito, acentuándolo con una entonación más severa. Explicó a la audiencia que mi informe académico había sido ofensivo y que yo había puesto en duda la inocencia de todos los profesores allí presentes. Realzó el malestar que mi actitud de distanciamiento intelectual con respecto al cuerpo departamental había generado y, como corolario final, señaló con su dedo índice el carácter gratuito, amén de violento, de mis tesis, cuyas categorías ni siquiera consideró dignas de ser mencionadas. Terminada su declamación se abrió el turno a las denuncias y recriminaciones de la audiencia. Rapto emocional, tensión nerviosa, arrebato o frenesí son palabras que describen en una cierta medida el clima dominante en aquella sombría farsa, lo que contrastaba con el tono vital más bien lánguido que suele coronar el tedio rutinario de esta clase de reuniones académicas. Supuse que habían aguardado durante varias horas, a lo largo de las reuniones funcionariales precedentes, para asaltarme ahora por sorpresa con todos sus arrestos. –Why did you send this letter? This is offensive! ¡Las citas de los estudiantes son falsas! – comenzó a cañonear un coro de voces. La escabrosidad de las aseveraciones, que contrapunteaban las recriminaciones empalagosas del preámbulo, logró alterar mis nervios y durante unos minutos llegue a presentir un verdadero peligro. Traté de balbucear algunas respuestas automáticas con voz entrecortada. En vano. Lejos de protegerme de las acusaciones, mis argumentaciones bravearon más a mis fiscales. Era ostensible, por otra parte, el carácter desordenado y hasta contradictorio de los cargos que se lanzaban atropelladamente contra mí persona, y eso me hizo comprender que aquel juicio era una improvisación de escasa definición conceptual, excepto en lo que respectaba a un par de líneas de ataque probablemente cuchicheadas en los pasillos unas horas antes de celebrarse. El frente principal del primer asalto salió a relucir de inmediato. En mi declaración había citado algunas observaciones de los estudiantes de doctorado. Eran comentarios brillantes, con cuyo espíritu de sofisticada rebeldía estaba plenamente identificado. “Pretender que un par de sesiones sobre Lacan significa hacer teoría es irresponsable” – se decía en una de estas declaraciones. “Es necesario el cuestionamiento de las definiciones existentes y el planteamiento de nuevas formas por parte de los estudiantes, y no caer en el recetario sobre como escribir un proposal exitoso para tesis doctoral. Es decir, tiene que haber una discusión abierta sobre las limitaciones en las formas existentes y las posibilidades de redefinición de un genero tan desdichado como la tesis”— señalaba otro de los testimonios. “El workshop para tesis doctorales es un ejercicio de uncreative writing destinado a mutilar la imaginación, someter a los estudiantes a modelos controlables de uniformidad intelectual y atemorizarlos bajo el ultimátum de la profesionalidad”, había expresado un tercer estudiante desde un precavido anonimato. Estas citas son expresiones de generalizado malestar frente a una academia que en nombre de una profesionalidad implícitamente definida como adecuación del conocimiento a las demandas de un mercado predominantemente lingüístico, cierra las puertas a la reflexión literaria y filosófica en un sentido riguroso, y destierra las dimensiones intelectuales y espirituales inherentes a todo estudio humanístico en nombre de su valor de compra-venta. Son también manifestaciones de su angustia frente a unos estudios literarios que en el ámbito del español y el portugués se ven cada día más apremiados por una concepción instrumental de la lengua que, en última instancia, degrada la literatura y el arte a la categoría de pretexto, y la reflexión al significado de una amenaza para los campos vigilados del conocimiento departamentalmente sancionado. – You quote your students without their permission! – espetó el star-professor de turno, blandiendo en el aire con un gesto implícito las peligrosas consecuencias legales que podrían caerme encima. Encendido por mi indiferencia ante semejante desafío, el siguiente académico encajó la acusación contraria: – ¡Has divulgado tu carta a todos los estudiantes! ¡Esto es ignominioso! –. Unos segundos más tarde, y sin dejar que me repusiera a mi perplejidad, otro fiscal me incriminaba, con humor todavía más brumoso, que divulgar mi carta a los estudiantes que citaba era innecesario, y que hubiera sido de todo punto suficiente mostrarles la cita meramente deconstruida. Fue en aquel instante cuando percibí que el cuerpo departamental había cerrado un círculo físico a mí en torno, dejándome prácticamente en su centro geométrico. Como si fuera un reo. Eso acrecentó todavía más mi temor. Nunca he podido librarme de esas pesadillas espantosas de juicios inquisitoriales que pintaba Goya. Y nunca he podido dejar de identificarme con esos convictos a los que el cuerpo eclesiástico arrancaba la lengua porque tenían algo que decir. También fue en este momento cuando caí en la cuenta que la siempre reiterada letanía de una privacidad protegida bajo la que esa academia legitima su tenaz secretismo administrativo es en realidad una ley del silencio. En este iluminador instante comprendí, en fin, que la única preocupación de mis improvisados fiscales era que yo rompiera el círculo mágico de mutismo institucional que habían levantado cuidadosamente a mi entorno a lo largo de los últimos años.
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